28.9.08

10 grandes chilenas

¡Canciones sobre comida! Qué mejor que una encuestita para abrir el apetito. La votación es libre, no conducente a engaño y de inscripción automática (no, no hay ningún mensaje oculto). Y las 10 grandes concursantes son, en orden cronológico relativo:


Eres exquisita (1964), Los Ramblers (el video acá)

Puré de papas (1964), Cecilia (el video acá)

El desabastecimiento (1973), Víctor Jara (escúchala aquí)

Combo 10 (1997), Tiro de Gracia (escucha una parte aquí)

Cueca de la fruta (1988), Mazapán (escúchala aquí)

Gato por liebre (1993), Los Tres (el video acá)

El curanto (2000), Chancho en Piedra (el video acá)

Sopaipilla con mostaza (2004), Sinergia (el video acá)

Dulce (2007), Francisca Valenzuela (el video acá)

Sí, ahí van sólo 9. La idea es que el 10 sea un amplísimo OTROS que se nutrirá de propuestas ajenas, como buena herramienta sociológica que esta encuesta es.

¡Que empiecen las votaciones por la mejor canción chilena sobre comida! Se puede hacer en los siempre bienvenidos "comentarios", en la barra del lado derecho, vía llamada telefónica o en persona también se admiten votos.


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Las intimidades de Borges


Muchos nos preguntamos lo mismo: qué crema usa tal intelectual, cómo ronca ese artista, qué come esa mente brillante. Por culpa de esa cochina curiosidad, los cercanos a celebridades han revelado algunos de sus pudores. Por eso digo (en voz baja, claro): gracias María Kodama por permitirnos imaginar a Borges comiendo.

No se llamen a engaño. Claramente, ver al creador de las mejores Ficciones (léelo gratis) comiendo su plato favorito suena como un privilegio imposible a esta altura de experimentar. Y para quienes tuvieron la suerte, es legítimo que se contenten con historias y detallitos sobre sus hábitos gástricos. Pero, para ser más criteriosos, convengamos en que los cercanos a los grandes de la Historia no deberían andar por ahí revelando sus miserias. Sí, ellos también fueron seres humanos, también se limpiaron con el mantel o escondieron algo semi-masticado en su servilleta. Pero es por algo, por un mínimo de dignidad, que no confesaron sus intimidades mientras estaban vivos. Qué derecho tienen esas otras rémoras para ventilarlo todo.

María Kodama es la famosa viuda pesada (y eso que su estatus de viuda es vidrioso para algunos). Sin embargo, ella se ha paseado por fundaciones, museos y juzgados molestando sobre la publicación póstuma de Borges, objetando los homenajes a su obra y su persona. Y entre tanto revuelo, en algunas entrevistas ha revelado algunos secretos alimenticios sobre el viejo Borges.

En una entrevista dada en Perú, un periodista del diario La República preguntó por las preferencias del fallecido a la hora de hincar el diente, a lo cual la viuda respondió sin problema, pero con bastante sosería: "arroz con manteca y queso, choclo. Empanadas de carne, le encantaban con azúcar molida. Queso, dulce de membrillo y de patata, dulce de guayaba...". Buena mesa de todos los días, nada ambicioso ni rebuscado, casi que se agradece. Aunque quizá un poquito extremo. De hecho, es bien conocido su rechazo hacia la música, la fiesta, el sexo y todos aquellos los placeres del paladar. Aunque fuera a cenas rodeado de amigos y admiradores, la comida y la música no le atraían, y por ahí existe una anécdota que me permito citar casi plagiando:

"Después de la presentación de la Obra Completa para el Círculo de Lectores en 1984, amigos y allegados del escritor van a cenar a un restaurante del barrio porteño de Congreso. Borges pide su clásico puré de papas. La gente empieza a conversar. La comida tarda. Comen pan con manteca y toman vino. Al rato, la conversación se diluye y se hace un silencio. ‘¡Caramba, qué bien se ayuna en este restaurante!’, bromea Borges".

La comida, el festín, la delicatessen y la borrachera no fueron lo suyo. Cuenta Kodama también una anécdota que muestra al gigante escritor como un ser humano frágil o influenciable, como muchos. Que un día alguien lo vio tomando y comentó "que lástima, el hijo del doctor Borges va a ser un borracho", luego se tomaba su copita de grapa cuando tenía conferencias (momentos en que ese tipo de deshinibidores son fundamentales), y cuando ganó confianza y se creyó el cuento, hasta ahí llegó su relación con el vicio.
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26.9.08

A classic Elvis Presley story

Esta vez voy a violar un poco el concepto de comida + literatura = Come y Lee para poder hablar de la íntima relación de Elvis con las hamburguesas, y para poder subir un video de calidad (esos gloriosos años del cine norteamericano y de los hot pants, cómo no echarlos de menos). El Rey no sería un literato, pero sí que creó escuela con sus canciones, su jopo y sus caderas. Después de ver el cuerpecito que cultivó, su amor por la comida sureña llena de aceite y otras mortales maravillas era de esperar. ¿Qué otras historias esconde su grasienta afición?



Elvis cantando "Ito eats" en la película Blue Hawaii

Dicen por ahí que Elvis Presley puso más de una vez su jet privado en los aires sólo para ir a comprar cheeseburgers a Dallas, donde según él se hacían las mejores hamburguesas del mundo. Algunos cuentan que las llevaba a Graceland, su mansión en Memphis, para engullirlas con calma, o que las pedía con papas fritas y se las devoraba en el mismo avión con sus amigos, durante el viaje de vuelta. Esta historia es una de las tantas que aparecen en las biografías de Elvis, historias clásicas del Rey.

Desde niño, y hasta su muerte en 1977 (cuando ya había superado los 150 kg.), su comida favorita siempre fue la típica chatarra de feria: algodón de azúcar, pop corn, hot dogs y, cómo no, hamburguesas. Comida rápida y barata, veneno a largo plazo que le regalaba instantes de placer dulce, pegajoso, lleno de colorantes, grasa y conservantes. Sí, la comida lo hizo sonreír y chuparse los dedos, pero también tuvo una parte de culpa en su muerte prematura, cuando las adoradas hamburguesas eran un frecuente snack de media noche.

Varias de sus canciones están dedicadas a la comida. “Ito eats” cuenta la historia de un niño que, como él, comía mucho y de lo que se le pasara por delante. “Crawfish” es una oda a la langosta, y “Cotton Candyland” habla de volar en un cisne de algodón de azúcar, sobre una nube de helado rosa, donde toda estrella es de caramelo y la luna un marshmallow. En “Old MacDonald”, Elvis le canta a la granja sureña, a sus animales y sus hamburguesas: “With a moo moo here, a moo moo there, cattle everywhere. And when those cows got out of line, hamburger medium rare”.

En 1973 hubo un ligero incidente relacionado con un tipo apodado Hamburguer James y ciertas pertenencias desaparecidas del cantante. Algunos dicen que eran drogas, otros hablan de joyas, pero lo cierto es que fueron robadas por Hamburguer James. El final de la historia tampoco está muy claro. Se dice que Elvis, justo antes de reventarle una mesa en la cabeza, se arrepintió y lo abrazó diciéndole que si necesitaba algo sólo tenía que pedírselo, no quitárselo. Otros creen en una versión menos romántica: Elvis bajó a Hamburger James del avión en que iba, le quitó las "pertenencias" y le dijo que no volviera nunca más.

¿Quién era este amigo de lo ajeno y de dónde había sacado un apodo así? Nació como James Caughley, y era uno de los tantos que rodeaban a Elvis en su diario vivir. Tras largas horas de ver películas en el Memphian Theater, a Elvis le daba hambre y se le antojaban sus preciadas hamburguesas. Y James, que solía andar deambulando por ahí, siempre estaba dispuesto a correr en busca de ellas. Así que cuando al Rey le sobrevenía el hambre gritaba “Hamburguer James!”, el tipejo salía de inmediato a comprarlas, y de ahí el nombre.

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10.9.08

La invención de la servilleta

El amor de Da Vinci por la ciencia y las artes no es ningún secreto, pero su dedicación a la gastronomía es un bastante menos popular. El barbudo inventó artilugios para cocinar, hizo un estudio sobre conducta en la mesa e incursionó en la nouvelle cuisine (sí pequeños esnobs, el término ya había sido usado mucho antes). Para saber sobre todo esto y familiarizarse con la forma correcta de sentar un asesino a su mesa, por favor seguir leyendo.

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No se sabe si Leonardo Da Vinci se aficionó a la cocina por el lado de la ciencia o por el del arte, aunque bien pudo haber sido por ambos. Ni siquiera se sabe con total seguridad que todos los escritos sobre asuntos culinarios que llevan su nombre sean obra suya. Se dice que escribió el “Codex Romanoff”, un texto en clave literaria sobre el tema... pero el paradero de dicho "código" todavía es un misterio. Más fácil resulta confiar en los expertos que aseguran que los textos encontrados son de su autoría, basados en que sólo Da Vinci pudo ser capaz de tratar los asuntos gatronómicos de forma tan coherente con la época y con esa personalidad tan suya. Así, Shelagh y Jonathan Routh compilaron Notas de cocina de Leonardo da Vinci (1987).

Antes de proseguir, un poco de historia. Saciados de los gigantescos banquetes medievales, los florentinos inventaron en el siglo XVI y transmitieron una cordura hasta entonces desconocidos en las cocinas de Europa Occidental. Reemplazaron la mezcla de carnes y las mil especias por tenedores, cristales y porcelanas. En Italia esta futura tradición estuvo asociada a los Médicis, sobre todo a Catalina, famosa por su dedicación a las artes y el buen gusto; la fama de sus banquetes en el parisino Palacio de Fontainebleau demostró la gran acogida dada por Francia a la nueva gastronomía de la que Leonardo Da Vinci también fue parte.

El polifacético genio del Renacimiento no sólo inventó la servilleta, movido por un profundo asco ante los manteles sucios de su señor Ludovico, sino también todo tipo de artefactos para optimizar el trabajo en la cocina. Dejó como herencia picadoras de carne, extractores de humo y extintores. Por desgracia quedaron en el tintero varias máquinas por falta de electricidad: para desplumar patos, prensar ovejas y cortar cerdos en taquitos.


Bajo los mecenazgos escribió el “Codex Romanoff”, que incluye notas de cocina, ideas sueltas, reglas de modales y recetas a la antigua, más parecidas a cuentos que a fórmulas matemáticas: “Conejo muerto. Despellejad y destripad un conejo muerto que luego colocaréis en un alto espetón para que se ase con lentitud; y cuando creáis que está completamente muerto, rociad sobre él un poco de sal y pimienta y servidlo con una polenta medianamente espesa”.

Entre todas las curiosas anotaciones, merece una mención aparte la manera de sentar a un asesino a la mesa: “Si hay un asesino planeado para la comida, entonces lo más decoroso es que el asesino tome asiento junto a aquel que será el objeto de su arte (y que se sitúe a la izquierda o a la derecha de esta persona dependerá del método del asesino), pues de esta forma no interrumpirá tanto la conversación si la realización de este hecho se limita a una zona pequeña (…) Después que el cadáver (y las manchas de sangre, de haberlas) haya sido retirado por los servidores, es costumbre que el asesino también se retire de la mesa, pues su presencia en ocasiones puede perturbar las digestiones de las personas que se encuentren sentadas a su lado, y en este punto un buen anfitrión tendrá siempre un nuevo invitado, quien habrá esperado fuera, dispuesto a sentarse a la mesa en ese momento”. Asunto fácil.


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